por Carlos Fariello
La pelota ha estado rodando acompañando las vicisitudes históricas del pueblo celeste.
La pelota ha estado rodando acompañando las vicisitudes históricas del pueblo celeste.
La
pelota que Obdulio tuvo bajo el brazo mientras arengaba a sus
compañeros, o la que Gambetta atrapó con sus manos, como intentando
eternizar el tiempo del último minuto de Maracaná, cuando nadie
había escuchado el silbato que marcaba el comienzo de la victoria,
es el mismo esférico que hoy sigue rodando.
Cambian
los actores y los escenarios.
Cambian
las historias, pero hay un sentido que no se pierde y que tiene que
ver con la identidad que sólo el fútbol tiene la magia de renovar y
hacer trascendente por más que parezca un juego.
Es
más que eso.
La
pelota venía mansita, responde cuando le preguntan a Edinson Cavani
sobre el primer gol, con el que comenzaba la victoria sobre Portugal.
Hay
mucho de sentido de la genialidad, que el no admite dada su humildad.
Genio
que sabemos reconocerle y aplaudirle.
Y
agrega: venía siguiendo la jugada, el pase de Bentancur y no
queriendo adelantarme pensé que Luis podía llegar, pero después vi
que estaba para que yo rematara.
Asi,
como un autorrelato de su primera anotación, el delantero cuenta
como ese evento marcó la tarde de este último día de junio en
Sochi.
La
pelota se comunica con los jugadores mediante una coreografía que
dura sólo noventa minutos.
En
esos noventa minutos la historia manda, no se repite, se vuelve a
crear sobre sí misma como un mito con el cual comulgamos por el
simple hecho de ser uruguayos.

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