La mañana era fría y mucho más fría había
sido la madrugada.
Muchas pasiones y emociones encontradas se
habían fundido en las almas de los orientales honestos que despidieron desde el
Parlamento a un país que se moría cayendo en las manos de una dictadura
cívico-militar que, se sabía desde hacía unos meses, sobrevolaba las
instituciones de la República.
Era miércoles, 27 de junio de 1973.
A las 7 y 30 nos encaminábamos hacia el
Rubino,
En la ciudad se notaba la circulación de
vehículos militares.
Al llegar a la escalinata del liceo, la
presencia de un jeep del Ejército con dos efectivos en su interior nos
intimidaba.
Subimos hasta la puerta de entrada y muy
amablemente, y en voz baja, Ruben Britos, que oficiaba de portero, nos decía que
nos retiráramos, que las clases habían sido suspendidas.
No miramos sin entender mucho y retornamos a
nuestras casas.
Era mi primer año como liceal y estaba recién
conociendo los pormenores de la vida estudiantil y esto de cierta manera me
confundía.
Más tarde no enteraríamos, por la radio, que
se había disuelto el parlamento en la madrugada por un decreto del presidente
Bordaberry y que los militares controlaban desde ese momento la situación.
Para todos fue un tiempo nuevo pero nada
auspicioso.
Para muchos fue una época de violencia y
dolor.
A la noche, y durante muchas noches más, una
marcha militar sería el leit motiv de
la dictadura a través de los medios de comunicación.
El oscurantismo había llegado.
Comenzaba un período de la historia política
que se llevaría años y vidas, arrasando valores y fomentando la división entre
los uruguayos, hasta el retorno a la vida democrática en 1985.

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