La crisis de la educación y la ética

Asistimos a una época difícil, pese a los medios que disponemos para vivir en sociedad.

La educación es una actividad de fermental proyección futura pero no exenta de riesgos y de problemas, tan humanos como lo son sus actores: docentes, padres y alumnos.

En las últimas décadas, además de los aspectos pedagógicos, se han agregado cuestiones de índole económica, atravesada la educación por críticas sobre el desempeño de estudiantes y docentes, sobre todo poniéndose en tela de juicio los aprendizajes que deben adquirir los primeros como así también los indicadores de aprobación, reprobación, repetición y abandono.

La cuestión sindical y el comportamiento corporativo de los educadores, más allá de los derechos que en ese aspecto los asisten, se conjugan con una realidad que incide sobre un clima de enrarecimiento de las funciones y de los resultados en el ámbito de la educación pública.

Lo político es otro factor no despreciable, y la política educativa responde a una estructura ideológica en la cual se sustenta que puede ser compartida total o parcialmente por los protagonistas del quehacer en educación, pero que suscita divergencias en cuanto a interpretaciones y compromisos con la misma.

No queremos entrar en tecnicismos, porque la hora indica que además hay una cuestión en relación con los deberes de los docentes para con la sociedad toda, aspecto éste que nunca queda saldado como debiera.

Deberes y responsabilidades se orientan hacia el terreno de la ética que debe tener quien enseña y aspira a ayudar al otro a descubrir sus potencialidades para aprender.

En algunos liceos, por ejemplo, es casi escandaloso el nivel de inasistencias de docentes a sus funciones lo que deriva en un alto número de horas de clases no dictadas, y a ello se suman las medidas gremiales y los días de inactividad que ellas generan.

Y sobre esto último quedan deudas que siempre afectan a los más débiles en esa relación de aprendizaje, que son los estudiantes.

Se reclama por un presupuesto más acorde, pero se descuida el deber ser del educador que debe guardar un comportamiento, ni anodino ni neutral, comprometido con valores a los cuales no se puede renunciar, valores que no sería aconsejable soslayar ni mucho menos subvertir.

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